El 9 de agosto de 1945 a las 11.02 horas cayó sobre la ciudad japonesa de Nagasaki una bomba conocida como ‘fat man' (hombre gordo). Con los años se ha estimado que a causa de la segunda explosión nuclear para fines militares -la primera había sido la de Hiroshima- de la historia, fallecieron casi 150.000 personas.
Aquella masacre perpetrada por el ejército de EEUU en connivencia con los Aliados puede considerarse, con la perspectiva histórica y despojándose de todo ápice de humanidad, como el golpe definitivo a la II Guerra Mundial y, por lo tanto, la entrada en una nueva era de progreso.
La filosofía moderna utiliza habitualmente una expresión bajo la que subyace el idealismo de paz: "El fin no justifica los medios". Pero ningún gobierno la lleva a la práctica. Todos quieren el desarme nuclear, pero nadie está dispuesto a dejar de fabricar las bombas que pueden llevar al mundo a desaparecer. Son discusiones absurdas las que aborda EEUU con Corea del Norte o Pakistán porque pretende convencer a dos formas diferentes de entender el mundo de que dejen en sus manos el poder de destruirles, y no cuela.
Pocos son los llamamientos antinucleares que se hacen visibles en la actualidad y occidente ha enterrado en lo más profundo de la memoria el genocidio japonés; una verdadera lástima para la generaciones venideras.


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